El año que se va deja huellas. Algunas visibles, otras silenciosas, pero todas hablan de decisiones tomadas, de tiempos entregados y de ausencias que, a veces, sólo se comprenden cuando el calendario se vacía.
Al mirar hacia atrás, no siempre pesan los errores, sino aquello que postergamos creyendo que podía esperar.
Evaluar un año no es contar logros, sino revisar prioridades. Porque en las actitudes diarias, en cómo escuchamos, en a quién miramos, en qué elegimos sostener, se revela lo que verdaderamente consideramos importante.
Esto es aún más profundo en quienes dedican su vida a servir a los demás: referentes comunitarios, familias que cuidan, acompañan y contienen, religiosos, etc. El servicio es valioso, pero no debería convertirse en distancia con quienes están más cerca.
En ese equilibrio, el diálogo ocupa un lugar central. Dialogar no es sólo hablar, sino darse tiempo para escuchar sin apuro, para comprender sin juzgar y para decir lo necesario con honestidad.
Para que el diálogo sea real, también es necesario dejar el ego de lado: soltar la necesidad de tener siempre la razón, de imponer miradas o de hablar desde el propio lugar sin abrirse al del otro.
El aquí y ahora no es una consigna moderna: es una responsabilidad humana.
Muchas veces, quienes nos rodean, los más cercanos, los que esperan sin exigir, son los primeros en sentirse desplazados. No por falta de amor, sino por exceso de urgencias, por agendas llenas y por conversaciones que se postergan indefinidamente.
Cada familia es un universo y cada persona es un mundo, con historias, heridas y silencios propios. Pero lo que une no es la perfección, sino la presencia: la capacidad de estar, de escuchar, de dialogar con humildad y de asumir lo que nos corresponde.
Asumir los errores, las ausencias, las palabras no dichas y también las responsabilidades que implica cuidar un vínculo.
El año que comienza invita a un compromiso distinto: estar presentes de verdad. Priorizar no significa renunciar al servicio, sino ejercerlo con conciencia y equilibrio, cuidando también los vínculos que nos sostienen.
El diálogo sincero, libre de ego, y la disposición a asumir fortalecen esos lazos y evitan que el servicio hacia afuera se convierta en abandono hacia adentro.




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